Existe todavía hoy en Europa una tierra auténtica, inmensa e infinita, que sabe detener el tiempo para saborear despacio los muchos placeres que otorga al visitante. Su nombre ya lo dice casi todo: além Tejo o sea «más allá del Tajo», una definición poco concreta para una tierra fronteriza enclavada entre dos colosos: el océano Atlántico y la frontera histórica con Castilla.

 



Tierra hermana, fronteriza con Extremadura y Andalucía, de gran historia, con un enorme patrimonio en forma de ciudades y pueblos de origen medieval, sorprende a cada paso. No en vano todas las culturas que han pasado por la península Ibérica han dejado su huella en estas tierras, mayormente llanas, y han construido castillos y fortalezas a la mínima que el terreno se elevaba unos cuantos metros. Junto a ellos palacios, iglesias, calles estrechas, edificios tradicionales, casas blancas….

Es una tierra sencilla pero honesta, que mantiene una gastronomía muy interesante, a base de productos cercanos, de la propia región, cocinados con el cariño de antaño sin renunciar a los toques de la moderna cocina. Y es tierra de vinos, de importantes caldos, que están reinando poco a poco en las mesas europeas.

 



Dos ciudades alentejanas son Patrimonio de la Humanidad: Elvas, por sus fortificaciones inexpugnables, y Évora; una ciudad que por sí sola merece el viaje, con su recinto amurallado, sus calles estrechas y serpenteantes y su gastronomía. Évora pasa por ser la ciudad de Portugal donde hay mejores y más auténticos restaurantes.

El Alentejo ofrece una combinación perfecta de naturaleza y patrimonio. Una naturaleza que sorprende siempre. Por ejemplo, en su costa. El litoral alentejano es uno de los menos contaminados de Europa. Está preservado y es salvaje y virgen. Es un litoral donde el Atlántico se muestra con toda su fuerza, con vientos que no hacen temer a los lugareños pero que escarban deliciosos acantilados en el fondo de los cuales nos esperan playitas de dunas y arena blanca. Por ejemplo, en el norte, donde el extenso Parque Natural de San Mamede es una explosión de verde y de recursos naturales. Por ejemplo en el sur, donde el embalse de Alqueva nos deja muy pequeños ante su enorme extensión. Aquí, donde el Guadiana fronterizo pone los límites al Alentejo, el agua es un pequeño paraíso para los amantes de las actividades acuáticas.

 



Hay que recorrerlo con calma, como exige el tiempo de esta tierra, donde no hay prisa, donde la sostenibilidad es una realidad. Hay que explorar la gran cantidad de patrimonio megalítico que atesora este territorio por doquier. Y preguntarse el por qué y el cómo de esos 95 monolitos de piedra, situados en dos círculos desde los tiempos neolíticos. Hay que tener tiempo para visitar sus artesanos, que encontramos por doquier, desde las famosas alfombras de Arraiolos hasta el barro, la cerámica, la madera, el corcho o el mármol.

 



Y hay que saborear también su luz, cegadora a veces, siempre presente, con sus campos y casas blancas y mirar el cielo por la noche, porque el Alentejo es también lugar para mirar estrellas y firmamento.

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