Islotes nacidos de maremotos, costas que desaparecen, increíbles acantilados… la Bretaña francesa esconde los secretos del último gran druida, Merlín, que acabó sus días junto a su amada en el bosque de Brocéliande, cuando la Nada comenzaba a devorar Fantasía. El mago Merlín y otras leyendas de tradición celta perviven en los bosques bretones. Sus hechizos son al menos igual de poderosos que los que ejercen en el visitante la costa accidentada y salvaje, las ciudades medievales y el placer bretón por la buena comida y un saber vivir sin prisas.

Viajar a las costas de Bretaña es traspasar las fronteras de la fantasía y dejarse llevar por el último rincón de la tierra que dio cobijo a la civilización celta, la más alegre de Europa.

Tanto si uno viene a Bretaña para relajarse en una playa como para apreciar edificios, palacios y castillos dignos de canciones de trovadores, o caminar por un antiguo sendero de contrabandistas o por las callejuelas de las Pequeñas Ciudades con Carácter; también se acude para degustar sus afamadas especialidades gastronómicas y sentarse ante un magnífico plato de marisco, sin olvidar la ostra de Cancale, una buena crêpe con mantequilla, las galletes, una torta de salchicha, un tazón de sidra y un pastel bretón con pasas. Aquéllos que disfruten del mar y el viento como escultores de caprichos geológicos quedarán maravillados.

Cobijadas tras su espléndida costa, las ciudades y pequeñas poblaciones bretonas han sabido conservar el encanto de su pasado celta y su rico patrimonio medieval. En Rennes, la capital, podrás admirar el delicado entramado de vigas de madera que decoran, con alegres colores, las casas de su barrio antiguo. Mientras, en los alrededores, puedes encaminarte al bosque de hadas de Brocelandia o adentrarte en el pasado medieval del castillo de Comper. Erguido sobre un peñasco de esquisto, en un pueblo de cuento nos espera el castillo de Fougères, una imponente construcción con más de una docena de torres, enormes murallas desde las que admirar unas magníficas vistas; grandes terrazas donde se ubican cañones; puentes con fosa, pasarelas y almenas perfectamente conservadas.

Las murallas de Dinan, al norte, y las de Saint-Malo, en plena Costa Esmeralda, son testigos de tiempos en los que la mejor manera de protegerse del enemigo era levantando grandes muros y almenas desde las que atisbar la llegada de los piratas ingleses.

El poder de este bravo mar se hace presente en el espectáculo que ofrecen las olas al romper en el cabo Frehel, en el litoral de la península de Crozon, y en la luz que fascinó a Gauguin a la altura de Quimper. En Carnac, miles de menhires recuerdan, silenciosos, los tiempos en que estas tierras acogieron a los últimos pueblos celtas del continente.

Pero la simbiosis de naturaleza y arquitectura, los grandes motores de este itinerario, alcanza su máximo esplendor en el Mont Saint Michel. Sobre este monte, a veces completamente rodeado de agua según convenga a las caprichosas mareas, se alza una soberbia abadía gótica. La impresionante estampa y el misticismo que rodea a todo el conjunto le han valido el título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Bretaña constituye un destino privilegiado para los amantes de la naturaleza, de los paisajes costeros y tradicionales, pero también para los que desean regenerarse y reponer fuerzas.

Sigue nuestra ruta recomendada y disfruta al máximo de tus vacaciones