Una ruta de leyenda por el sur de Francia, partiendo de Carcasona, la ciudad amurallada mejor conservada de Europa y que recorre luego un territorio sembrado de bosques, viñedos y pueblos medievales. Los cataros, que la Iglesia barrió con su espada de fuego, siguen despertando interés nueve siglos después de su desaparición. Sus castillos cuelgan sobre el abismo y las ciudades se envuelven en gruesas murallas, todas ellas evocaciones heroicas de guerras en las que el papa Inocencio III y los hombres de Simón de Monfort lucharon contra la herejía. La leyenda y el misterio envuelven su fin y actúan como poderoso atractivo para el que se acerca a la región buscando el Santo Grial

Los siglos X y XI vieron como Europa era recorrida por una nueva corriente del catolicismo que predicaba la renuncia a lo material y el amor por el conocimiento puramente espiritual. Era el catarismo, surgido en la ciudad de Albi y defendido por valientes señores feudales cuyos ejércitos se opusieron al poder imperante de la Iglesia católica. Magníficos castillos, soberbias iglesias y ricos palacios son el recuerdo de aquellos fervorosos tiempos.

Cuando menos te lo esperas, esta ruta en coche por el sur de Francia te asombra con un recoveco que esconde las ruinas de un castillo. Aunque hay algunos desvencijados, sorprende la gran cantidad de fortalezas medievales perfectamente restauradas que salpican esta región.

El perfil del conjunto medieval de Carcassonne, declarado Patrimonio de la Humanidad, se divisa ya desde la carretera a medida que nos acercamos a la ciudad. Es uno de los mejor conservados de Europa y en su día dio refugio y protección a los cátaros contra la voluntad del Papa Inocencio III. Paseando por las callejuelas de este museo al aire libre uno no puede sino sentirse caballero o damisela medieval.

Tras una treintena de kilómetros entre cultivos y viñedos, casi a las puertas de Narbona, aparece una de las más bellas y mayores abadías cistercienses de Europa: Fontfroide, construida en el siglo XI y rodeada de verdes montes. Su máximo rival fue el castillo de Montsegur, donde murieron doscientos cátaros en la hoguera por no renunciar a su fe. Otro escenario de duras batallas entre católicos y cátaros fue la aldea de Minervois, rodeada de profundos cañones fruto de la erosión del agua.
Quien prefiera la naturaleza a los misterios, seguirá ruta hasta Quillan, el mejor centro excursionista de los Prepirineos. Desde aquí la ruta nos conduce a tres de las grandes fortalezas cátaras del Languedoc: Puilaurens, Peyrepertuse, y Quéribus, testigo de la última batalla contra los cátaros. El emplazamiento de todas ellas es espectacular.

De entre los bellos pueblos de estas tierras sobresale el de Cordes-sur-ciel, encaramado en un rocoso promontorio y rebosante de leyendas sobre los cátaros que cobijó. Pero es en Albi, cuna del catarismo, donde se hacen más patentes las tremendas luchas entre cátaros y católicos. Tal fue la relación de la villa con el movimiento cátaro que a los herejes se les llamaba albigenses. Los arzobispos, convertidos en señores de la ciudad, hicieron erigir el palacio-fortaleza de la Berbie y una catedral con líneas austeras, símbolos de su poder y de su victoria sobre los herejes.
Una ruta en coche rica en leyendas que se abre paso entre viñedos y recorre estas tierras de sabrosa tradición culinaria y vinícola.

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