Esta es una tierra recia, de costumbres ancestrales y deportes duros, pero de franca acogida. Desde la desembocadura del Bidasoa, junto a la frontera con Francia, hasta la playa de La Arena, en el límite con Cantabria, se extienden 300 kilómetros de costa tortuosa, de playas salvajes de aguas esmeralda que se despliegan entre las grietas de los acantilados rocosos. Los caseríos rompen el verdor de los montes y los pintorescos pueblos marineros conmueven con sus iglesias de salada devoción. Tierra y mar se estrechan la mano en un pacto para conformar recetas imaginativas, a prueba del paladar más exigente.

Bilbao, capital vizcaína y punto de partida de nuestra ruta, es un ejemplo tangible de metamorfosis de una ciudad industrial en otra totalmente renovada. En los últimos años la capital vizcaína ha entrado por derecho propio en el circuito de las grandes capitales turísticas. Museos como el Guggenheim, buque insignia del Bilbao contemporáneo, su casco viejo, sus pintxos y su amplia oferta cultural responden a las expectativas del viajero. Visitamos el Bilbao de siempre paseando por las Siete Calles de su casco viejo, punteadas de bares de pintxos. Cerca se levanta la catedral de Santiago, muestra del gótico vizcaíno del siglo XV. El mercado de la Ribera, atracado como un barco a lo largo de la ría del Nervión, la iglesia de San Antón y el muelle de Euskalduna ponen punto y final a nuestro recorrido por la ciudad.

A 16 Km. de Bilbao, Getxo se extiende en zonas perfectamente definidas como Neguri, clásico feudo de la alta burguesía vizcaína o Algorta, con su puerto viejo, su molino de 1726 y un mirador, el de Usategui, desde donde se contempla la desembocadura del Nervión. Bordeando los acantilados por un paseo peatonal llegamos a Sopelana, ciudad que se disfruta desde el mar en sus playas o desde el aire en ala-delta. Después atravesamos la costa montañosa de Barrika hasta Plentzia, uno de los pueblos marineros más bellos de este litoral. Creada en el siglo XIII alrededor de su abigarrado puerto, esta villa veraniega discurre por los márgenes de su ría hasta su desembocadura junto al mar. El casco antiguo tiene calles y monumentos de interés; la zona baja cuenta con buenas casas y un agradable paseo al borde del agua. Escalando sus cuestas adoquinadas llegamos a la plaza de la Magdalena, con la iglesia del mismo nombre.

Nuestro próximo destino es Gorliz. Desde la cima del cabo Billano, junto a su moderno faro, se obtienen unas vistas magníficas de su playa. Los amantes del senderismo encontrarán en este lugar una bonita ruta. Seguimos remontando la costa hasta Bakio. Su enclave privilegiado entre dos acantilados la ha dotado de un microclima que ha convertido su largo arenal en un importante centro vacacional.

Reponemos fuerzas a base de pintxos y del famoso txacoli y proseguimos por la BI-3101 hasta Bermeo, con un alto obligado en San Juan de Gaztelugatxe, una ermita dibujada entre abruptos acantilados rodeada de misticismo y leyendas. Junto al cabo Matxitxako, la ermita se encarama sobre una roca envuelta de mar que regala una magnífica vista sobre los acantilados. Cuando la marea acompaña, 231 peldaños conducen a su cima. El rumor del mar se funde con el tañer de su campana, que el visitante debe golpear tres veces.
Bermeo llama la atención por su abigarrado y colorista puerto, donde atraca la mayor flota de bajura del Cantábrico. Es el segundo puerto en importancia de Bizkaia y el más importante de pesca de bajura del Cantábrico. Desde él parten empinadas callejas que conducen hasta la ermita de Santa Eufemia o el parque de Lamera, donde se halla un antiguo casino belle époque de 1894. Los fanáticos de las tapas deben acercarse hasta la plazuela de Gaztelu, detrás de la iglesia.

Nos dirigimos a Mundaka, una villa apacible con excelentes miradores sobre sus 2 Km. de costa, cuya ola izquierda es reclamo de surfistas de todo el mundo. Situada junto a la desembocadura de la ría que lleva su nombre, esta población bien conservada cuenta con un pequeño puerto y magníficas playas muy populares entre los surfistas por sus largas olas. La Atalaya y Santa Catalina son dos promontorios con hermosos miradores sobre el mar.

Desde su puerto, uno de los más antiguos de la costa vizcaína, se abren paso angostas callejuelas que conducen a la iglesia de Santa María, con una vista impresionante sobre la ría de Mundaka, centro de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai.

Nos adentramos en el estuario del río Oka para visitar Gernika, capital histórica del País Vasco inmortalizada por Picasso en su lienzo más famoso. La plaza de los Fueros, el museo de la Paz y su famoso Árbol guardan la memoria histórica de la ciudad. Villa histórica y simbólica de los vascos. En ella se encuentran la Casa de Juntas y el Árbol. Fue reconstruida tras el bombardeo de la aviación alemana en abril de 1937, en apoyo del ejército de Franco. Es el centro de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, de gran interés paisajístico.

Si disponemos de tiempo, podemos realizar una escapada al cabo de Ogoño, imponente mole caliza y hogar del cormorán moñudo y el halcón peregrino. También al pueblecito de Elantxobe, colgado en la ladera del monte Ogoño, un lugar lleno de magia por lo pintoresco de su arquitectura urbana. Los amantes de las estampas marineras elogiarán este pueblecito colgado de una ladera sobre el mar. Amparado por el cabo de Ogoño, ofrece una de las imágenes más pintorescas de la costa vasca. En su plaza mayor hay una plataforma giratoria para que el autobús pueda dar la vuelta.

El último día lo dedicaremos a dos villas marineras. Lekeitio y sus alrededores fueron inmortalizados por Pío Baroja en Las inquietudes de Shanti Andía bajo el nombre de Lúzaro. Su secular aislamiento geográfico ha preservado el carácter auténticamente vasco de su puerto. Su casco antiguo alberga magníficas casas-palacio, los restos de muralla y la Torre Uriarte. Cuando llega el buen tiempo, las terrazas asaltan sus calles y una atmósfera relajada inunda todos los rincones del pueblo. Sus playas, calificadas por la reina Isabel II como lugar ideal para pasar las vacaciones, figuran entre las de mayor encanto. La bonita playa de Karraspio en un buen ejemplo, situada frente a la isla de San Nicolás, accesible en los días de marea baja. El puerto guarda barcos coloridos y sabor marinero. Sobre sus aguas, se alza la mayúscula iglesia gótica de Santa Maria, del siglo XV, con un retablo singular.

La ruta continúa hacia Ondarroa, villa marinera por excelencia como se ve en el trajín de su puerto y la lonja, donde los arrantzales –pescadores- trabajan sin descanso. Aunque es lugar para empaparse de la vida en el mar, es obligada la visita a la iglesia gótica de Santa María, construida sobre la roca. También lo son sus tabernas, animadas las veinticuatro horas del día.

Punto y final en la bella San Sebastián. En torno a su puerto se extiende la Parte Vieja, casco antiguo peatonal antaño rodeado de murallas, con calles repletas de bares acogedores que ofrecen una concurrida ruta de pintxos y txikitos. La plaza de la Constitución, en el centro, es un buen conjunto neoclásico. Una de sus imágenes icónicas es El Peine del Viento, la fantasía del escultor donostiarra Eduardo Chillida se pone de manifiesto en esta escultura que peina las indómitas olas cántabras en plena bahía donostiarra, a los pies del Igueldo. Tres esculturas de un acero sensible a los cambios de luz que hacen de este rincón un espacio de libertad.

Desde San Sebastián hay que acercarse a la desembocadura del Bidasoa, donde Hondarribia guarda su núcleo monumental en la parte alta, con calles estrechas, plazas porticadas y casas blasonadas. El adusto castillo de Carlos V sirve ahora de Parador Nacional con vistas a la bahía. Junto al mar, sigue un paseo sembrado de bares de tapas.

Descubre nuestra Ruta Recomendada por Euskadi y ¡ disfrútala ! Ver la ruta