El territorio de los glaciares y los altos picos europeos.

Lo mejor de la alta montaña de Europa se concentra en los singulares enclaves del Tirol. Un mundo de tradición y prodigios paisajísticos unidos por la vibrante historia austriaca. El Tirol es bello sin restricciones. Innsbruck es el punto de inicio de este viaje por los Alpes austriacos más espectaculares. Lagos de montaña, picos que rozan los cuatro mil metros de altura e idílicos pueblos de montaña con casas de madera, se suceden hasta llegar a Salzburgo conocida como “la Roma de los Alpes. Sus largas carreteras panorámicas son además un capricho al que ningún amante de la conducción se podrá resistir.

La ruta de los Alpes austriacos comienza en Innsbuck, capital del Tirol, donde los atractivos urbanos (el Palacio Imperial, el Tejadillo de Oro…) y las grandes montañas de sus alrededores se imponen sin más comentarios. Dejando atrás tan hermosa ciudad, la ruta en coche por el Tirol prosigue con el fin de conocer encantadores pueblos como Zell am See, Mittersill o Alpbach, con sus típicos balcones de madera adornados con alegres geranios rojos. En Mittersill se encuentra el centro de información del Parque Nacional Hohe Tauern, un impresionante conjunto de glaciares, torrentes, espectaculares cascadas como la de Krimml y lagos como el Achensee, en cuyas aguas se reflejan montañas de más de 3.000 metros de altura.

Para recorrer este impresionante parque nada como proseguir la espectacular carretera de Grossglockner, una auténtica delicia para los amantes del volante. La experiencia culmina en el pueblo de Heiligenblut, cuya iglesia custodia un frasco con la supuesta sangre de Jesucristo.

Ya en los Alpes alemanes se alza el majestuoso palacio de Linderhof, en un valle cercano al pueblo de Oberammergau, construido por Luis II de Baviera al estilo de Versalles. Al mismo monarca, conocido como el rey loco, se debe también la construcción del fantasioso castillo de Neuschwanstein, ejemplo de arquitectura romántica donde los haya. Y hablando de romanticismo, nada como Salzburgo, la ciudad que vio nacer a Mozart. El perfil de esta joya del barroco austriaco visto desde la orilla opuesta del río Salzach, especialmente cuando cae la noche y la ciudad se ilumina, es digna de los mejores fotógrafos.

Para acabar con este romántico viaje en coche por el Tirol y Salzburgo, lo mejor es adentrarse en la región de los lagos, a la que el emperador Francisco José I condecoró con el título de paraíso terrenal. Y es que sentándose junto a las orillas de lagos como el Mondsee, el Attersee, o el Wolfgangsee y contemplando el precioso reflejo del cielo en sus aguas, uno no puede sino sentirse como Adán y Eva en el jardín del Edén.

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