Situada en una región más dulce y menos montañosa que el resto del país, Friburgo es una de las ciudades medievales más importantes de Suiza y una de las mejor conservadas de Europa.

El paisaje de esta bella región se caracteriza por ser menos accidentado que el resto del país y por sus enormes lagos. Recorriéndola por sus agradables carreteras se descubren bucólicos pueblecitos con las típicas casas de madera, callejuelas empedradas y tranquilas plazas.

La capital, que da nombre a toda la región, es un tesoro de la época medieval ubicado sobre una colina rocosa junto al río Sarine. Se trata de una ciudad universitaria y de ambiente alegre que invita a pasear entre sus elegantes edificios góticos y a subir los 365 peldaños de la torre de la catedral para contemplarla a vista de pájaro.

Aunque para tener una buena panorámica de la región, lo mejor es subir a la cima del Moléson, la montaña sagrada de Friburgo. Conduciendo por una tranquila carretera secundaria que bordea el lago de Gruyères y tomando los remontes que parten de Moléson-sur-Gruyères se alcanza el punto más alto de esta emblemática montaña, donde está instalado el catalejo más grande del mundo.

Y para adentrarse de pleno en las tradiciones y costumbre suizas, nada como visitar el pueblo de Gruyères, cuna del que quizás sea el más famoso de todos los quesos. Población encantadora donde las haya, cuenta con varias queserías en las que aprender el proceso de fabricación de tan rico producto gastronómico, probarlo y, por supuesto, comprarlo. Eso sí, no te extrañes si no ves agujeros, pues pese a la extendida creencia, el auténtico Gruyère no los tiene.