Un viaje a Galicia es una apuesta segura. La suave llovizna abrillanta el granito de sus pazos, casas solariegas escondidas tras bosques frondosos. En el interior, campos verdes inmaculados llevan hasta bodegas silenciosas, donde esperan el momento de saltar a la mesa sus vinos blancos, en alegre camaradería con el pescado y el marisco más frescos de la península. Y es que en Galicia, tanto la mesa como el viaje nos empujan hacia el mar, donde nos esperan las suaves olas de las rías y la advertencia de que Santiago espera que le rindamos pleitesía.

Para descubrirla nada mejor que hacerlo en coche. En esta ruta que hemos preparado, paisaje y gastronomía se combinan en dosis perfectas para hacer del viaje un placer para los sentidos. De ambos podrán disfrutar tanto las familias como las parejas que busquen también buenas opciones de playa. Éstas se encuentran entre los pueblos marineros que se asoman a las rías de Muros y Noia, Arousa, Pontevedra y Vigo, localidades donde esperan buenos platos de marisco regados con vino Albariño. Rica en rías y playas de postal, así como de un legado cultural e histórico difícil de igualar.

 



La plaza del Obradoiro, con la catedral de Santiago de Compostela, es el inicio del recorrido por la ciudad y de nuestra ruta. Peregrinos y viajeros llenan, como cada año, las calles de la ciudad de Santiago de Compostela, Patrimonio de la Humanidad. Allí, sus calles empedradas y los acogedores soportales volverán a inundarse de gentes dedicadas al perpetuo deambular del tapeo y la vida nocturna que caracteriza desde hace siglos a la ciudad compostelana. Pero, como siempre, todo girará en torno a su catedral, inmensa, milenaria y llena de misterios y símbolos.

A un paso de Santiago de Compostela, las Rías Baixas recogen la esencia de la Galicia campesina y marinera. Hórreos y barcos de pesca, catedrales medievales y restos de culturas mucho más antiguas se funden en una costa poderosa que, a su vez, regala manjares exquisitos al paladar. Ponemos rumbo hacia Finisterre (Fisterra), el fin del mundo. Esta fue la creencia de diferentes culturas que durante milenios creyeron haber encontrado en este lugar, llamado hoy Finisterre, el punto donde se acababa el mundo. Finisterre alberga infinitas historias y leyendas que hoy se tornan en un atractivo turístico imprescindible de conocer para quien visita la Costa de la Muerte. A 125 metros sobre el nivel del mar y sobre un brazo de tierra que se adentra en las aguas, su faro es seguramente el más visitado de todo Galicia y cuyos atardeceres dejarán sin habla a cualquiera.

 



Desde aquí seguimos hacia las rías de Muros y Noia. Desde esta última población se bordea el litoral de la península de Braganza hasta el castro de Baroña, uno de los yacimientos celtas mejor conservados del mundo. Al final de la península, las dunas de Corrubedo acentúan la belleza del paisaje. Ya en la ría de Arousa, Cambados nos recibe con sus pazos, igual que Combarro lo hace con sus hórreos y Pontevedra con su bien conservado casco histórico. En Vigo o en Baiona, un barco lleva a las islas Cíes, paraíso paisajístico y ornitológico para recorrer a pie. Aquí podremos darnos un chapuzón en la playa de Rodas, declarada “la mejor playa del mundo” por The Guardian. En Baiona permanece amarrada la réplica de la Carabela Pinta (Museo), que trajo a la localidad las primeras noticias del descubrimiento de América.

 



Galicia es además un destino gastronómico de primera línea. La base de la gastronomía gallega es el pescado y el marisco fresco. Para abrir el apetito nada mejor que el “pulpo a feira”, servido troceado en platos de madera, o bien unos pimientos de piquillo rellenos de pescado o carne, o unos pimientos de Padrón. No hay que dejar escapar las vieiras bañadas en salsa de tomate y coñac, asadas a la brasa, así como los percebes o el centollo rociados con jugo de limón. Y si nos interesan los platos más consistentes, una buena empanada o un plato de lacón con grelos (guiso de jamón curado, con nabo y chorizo) saciaran nuestro apetito. De postre, todo el sabor de la almendra en una tarta de Santiago.
En el apartado de vinos, Galicia disfruta de dos variedades reputadas en el terreno de los blancos; el Ribeiro y el Albariño. El primero se consume a diario, servido en tazas de porcelana en locales populares. Elaborado con uvas treixadura y torrontés, son caldos jóvenes, ligeramente ácidos, ligeros y afrutados. Nacido en las Rías Baixas, el Albariño es un vino blanco más fino, seco y más equilibrado en acidez. Ello se debe a la uva albariña, más pequeña y de sabor más concentrado.
Si tenemos la oportunidad, debemos probar la queimada, elaborada a base de aguardiente, azúcar blanco, cortezas de limón y unos granos de café. Ver cómo se prepara constituye parte del espectáculo.

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