Los acantilados de Moher son unos de los más bellos de Europa. Vertiginosamente encarados a la costa oeste de Irlanda y con las islas de Aran en frente, constituyen una de las estampas más impactantes del país.

El paisaje irlandés se caracteriza por los verdes prados y los tranquilos pueblos. Conduciendo por sus carreteras, o tomándose una pinta de cerveza negra en un animado pub oyendo tocar a una banda de músicos locales, no es difícil imaginarte a ti mismo como John Wayne o Maureen O’Hara en la película El hombre tranquilo.

Y sí, como es bien sabido, Irlanda cuenta con muchos parajes apacibles, pero en la costa oeste el paisaje se vuelve agreste y muestra rincones de belleza extrema.

El Parque Nacional de Connemara, en el noroeste del país, invita a pasear por sus bien señalizados senderos y a descubrir los monumentos megalíticos que custodia, vestigios del potente pasado celta de la isla. Su tesoro más preciado es la romántica abadía de Kylemore, un elegante y bello templo que se merece todas las fotografías que le quieras hacer. Cerca se encuentra la serena bahía de Ballynakill, donde es una delicia tumbarse un rato para relajarse e incluso darse un bañito si la temperatura acompaña.

En la ciudad de Galway, población de larga tradición cultural y lindas callejuelas por las que deambular, vale la pena acercarse al muelle y visitar el museo de la ciudad.

Pero la esencia de la costa oeste se concentra en los majestuosos acantilados de Moher y en las vistas al mar que se tienen desde el anillo de Kerry, una intrincada carretera costera de dulces curvas digna de protagonizar los más sofisticados anuncios de coches.