Muy cerca de Nápoles entre Sorrento y Salerno, se sitúa la Costa Amalfitana, un pedazo de paraíso a orillas del Mediterráneo, Patrimonio de la Humanidad, que durante años sirvió de refugio a artistas, aristócratas y millonarios de medio mundo. Una de las mejores maneras de conocerla es recorrerla con calma e ir parando en sus encantadores pueblecitos para disfrutar de
placeres tan sencillos como admirar una puesta de sol en incomparables miradores con vistas al
Mediterráneo mientras se degusta un limoncello como aperitivo o se disfruta de una romántica cena
en algunas de las numerosas terrazas de sus coquetos restaurantes. El omnipresente Vesubio, todavía humeante; la mítica Pompeya, la siempre bulliciosa ciudad de Nápoles y la sofisticada Capri son sólo algunas de las maravillas que el sur de Italia invita a descubrir.

La caótica Nápoles, ciudad llena de vida donde las haya, recibe al visitante entre alegres tendederos de ropa, carentes de todo pudor, y motocicletas que se mueven por las calles de la ciudad cual abejas volviendo a su panal. Sus señoriales edificios y sus iglesias barrocas parecen observar el ajetreo mientras guardan secretos inconfensables de las nobles familias que han gobernado estas tierras a lo largo de los siglos. En las esquinas aparecen hornacinas con vírgenes y santos, en el subsuelo se conserva gran parte de las catacumbas romanas y los bares adornan sus paredes con fotos de Juan Pablo II, su Papa favorito, y de Maradona, dios entre los dioses. Nápoles es el alma de Italia en estado puro y concentrado.

Muy cerca de la capital, la majestuosidad del Vesubio reta al osado viajero a emprender el sendero que conduce a su cima. Es un bello recorrido a lo largo del cual se pueden ver chimeneas del volcán todavía humeantes y unas espectaculares vistas panorámicas sobre Nápoles.

Y qué decir de Pompeya, la ciudad que tan bien se conservó a causa de su desgracia. La lava del Vesubio la enterró de forma tan rápida que sus casas, iglesias y templos quedaron perfectamente conservadas hasta que fueron desenterradas. Pasear por sus calles, adentrarse en el colosal anfiteatro y admirar sus mosaicos permiten hacer un viaje sin parangón a una de las principales culturas mediterráneas, la del Imperio Romano.

Tras visitar los recintos arqueológicos de Pompeya y Herculano, la ruta en coche por la Costa Amalfitana se dirige entre viñedos, buganvillas, limoneros, olivos y naranjos, a los pueblos de este litoral, que aparecen colgados en laderas de montaña, atrapados entre el cielo y un mar de azul profundo. La aristocrática y bellísima Ravello, con sus callejuelas y villas floridas colgadas sobre los acantilados, Amalfi, la antigua República Marítima con su muestrario de tesoros renacentistas y palazzos patricios, las villas pescadoras de Conca dei Marini o Praiano, y, como guinda, la también embrujadora Positano, cuyas casitas de tonos pastel se convirtieron en una de las mecas de los años de la “dolce vita”.

Frente a ellas la isla de Capri irradia el lujo con el que sus elegantes residentes y afamados visitantes la han adornado. Famosa por sus maravillosas bellezas naturales, su historia milenaria, su clima suave y su paisaje luminoso, la isla de Capri conserva la exuberancia, el encanto y las vistas maravillosas que ya en época romana la convirtieron en lugar de vacaciones y residencia de los poderosos del imperio.

Es difícil no regresar de este viaje con unos kilos de más. Prueba los pulpitos con alcaparras y tomate de Nápoles y acompáñalos de un buen vino de Ravello; tu paladar te lo agradecerá infinitamente.
No es de extrañar que este enclave de la costa italiana sea uno de los más cautivadores de Europa.

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