La capital lusa, bella entre las bellas, se tiñe de encanto bajo la luz otoñal del Atlántico, la misma que baña la aristocrática Cascais, otrora residencia de la jet set europea y este mes sede de uno de los campeonatos más importantes del mundo del surf.

Las suaves temperaturas de octubre invitan a vagar por las callejuelas de los barrios más emblemáticos de Lisboa, como Bairro Alto o Alfama; a regalarse los oídos con el sonido del fado y a entrar en alguno de sus elegantes cafés, refugio de tantos literatos ilustres. Ahora que el sol ya no aprieta, subir a los miradores de la ciudad se convierte en un agradable paseo. Los tranvías corretean silenciosos de acá para allá, los blancos pavimentos de la ciudad se tiñen de amarillo y los mosaicos nos retrotraen a los tiempos de grandeza del imperio, cuando intrépidos marinos surcaban océanos en busca de nuevas tierras.

A 32 kilómetros hacia el oeste, y a apenas media hora en coche por la A-5, se encuentra la tranquila villa de Cascais. Su preciosa bahía atrajo a numerosos aristócratas durante los años treinta del siglo XX. Con el tiempo se ha convertido en un animado destino vacacional, aunque sin perder un ápice de la elegancia que le otorga su importante patrimonio arquitectónico. La bravura de su mar le ha valido ser sede de una trepidante competición de surf, la Rip Curl Cup, a la que acudirán los mejores surfistas del mundo para cabalgar impresionantes olas. Tendrá lugar del 12 al 23 de octubre en las playas de Carcavelos y Guincho así como en la de Supertubos, que se encuentra en la población de Peniche, un poco más al norte.

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