Visitar la Provenza a principios de verano, cuando los campos se cubren de un intenso manto lila con la floración de la lavanda, es una experiencia inolvidable para todos los sentidos.

Paseando por los bellos senderos que rodean los campos de la Provenza, la vista y el olfato se regocijan. Es la época en la que las espigas de lavanda, una de las más apreciadas hierbas aromáticas de todo el mundo, se abren para cubrir el paisaje de un lila intenso y el aire de un perfume suave y profundo.

Los bucólicos pueblecitos de la región no se quedan a la zaga en cuanto a hermosura. Están formados por callejuelas tranquilas, apacibles placitas con animados cafés y casas blanquísimas con porticones pintados de alegres colores y todos los tonos de lila, azul, violeta y añil imaginables.

La industria de la lavanda no es solo un importante motor económico de la región sino también un potente reclamo turístico. El viajero interesado puede visitar numerosos museos dedicados a explicar la historia de su uso y cultivo, así como adentrarse en numerosas tiendas de artesanía cuyos productos están elaborados a base de tan famosa flor.

Pero aunque podrías pasarte horas y horas embelesado contemplando los campos de flores, la Provenza custodia otros muchos tesoros, tanto paisajísticos como arquitectónicos. Desde la Camarga o Marsella, en la costa, hasta Aviñón, Aix-en-Provence o Arlés, en el interior, toda la región es un continuo de apacibles parajes. No es de extrañar que artistas de la talla de Cézanne y Van Gogh se postraran ante semejante belleza.