Seguían el sol, hasta que se terminó la tierra. Los celtas se asentaron allí, donde golpea el océano y cada atardecer muere el astro rey sobre las aguas. Le dedicaron extensos campos sembrados de menhires. Todavía suena y se baila su música. Tampoco ha callado su antigua lengua y se vuelven a contar sus leyendas. En las ciudades medievales, podrá rememorarse antiguos asedios y batallas de piratas. Y quién sabe, hasta puede que cualquiera día despierte de nuevo el mago Merlín en su bosque encantado. Con él degustaremos entonces un vaso de sidra, frente a esas olas eternas.

Itinerario recomendado

Nada mejor para recorrer la región de Bretaña en Francia que hacerlo en coche, para disfrutar de la comodidad y libertad que proporciona. En esta ruta nuestro punto de partida es la ciudad de Rennes, capital de Bretaña. La ciudad fue arrasada por un incendio en 1720 y hoy combina una arquitectura antigua con elementos de gran modernidad, como su servicio de metro automatizado (VAL). Buena parte del encanto clásico de Rennes se debe a edificios como la catedral de St Pierre (Rue de la Monnaie), del siglo XVII, pero reparada en el XVIII y XIX. De esta época son los suntuosos techos dorados. En el exterior destacan sus torres, originales del edificio renacentista. El Parlamento (Place du Palais), con sus lujosas salas profusamente decoradas y el repaso a la historia política de Bretaña, con sus exposiciones permanentes sobre la historia y cultura bretonas, son otras visitas de interés en Rennes.
Las típicas casas medievales de entramado de madera pueden verse en las plazas Des Lices y Ste. Anne, y en las calles Saint Georges, de la Psalette y del Chapitre.
Una buena ocasión para descubrir el patrimonio urbanístico de Rennes es aprovechar el Festival des Tombées de la Nuit, la primera semana de julio. Se trata de una gran celebración con espectáculos de música, teatro, danza, poesía, cine… que se apropian de lugares públicos como el Ayuntamiento y las plazas para mostrar la creación cultural de la ciudad.
Para reponer fuerzas, podemos empezar a probar una de las especialidades de la región, las crêpes; frente a la catedral está la Crêperie des Portes Mordelaises. Aquéllos que prefieran un menú más variado, encontrarán una buena opción en L’Auberge St-Sauveur, situado en un cuidado edificio medieval, también cercano a la catedral.

Desde Rennes nos dirigiremos hasta Paimpont. Esta pequeña población está estratégicamente situada en un claro del bosque de Brocéliande, un espacio natural donde cobran vida las leyendas del mago Merlín, el rey Arturo, la maga Morgana y otros personajes fantásticos. La primera visita en el bosque hay que hacerla al castillo de Comper. Este gran edificio, que ya parece de cuento, alberga el Centre de l’Imaginaire Arthurien, una activa asociación dedicada a difundir las leyendas artúricas y el universo de la tradición celta, de los druidas, hadas y duendes. Para ello realizan exposiciones, visitas guiadas por el bosque (la tumba de Merlín, el Valle sin Retorno, la casa del hada Viviana…) y representaciones teatrales o lecturas de cuentos en parajes bien elegidos del bosque. El castillo dispone también de una librería donde se puede encontrar mucha literatura sobre los caballeros de la Mesa Redonda. Las actividades tienen lugar de marzo a octubre. La ambientación de las salas, con maniquís que representan a Arturo, Lancelot y el mago Merlín, así como algún actor disfrazado de duende que nos seguirá en la visita, harán el recorrido muy agradable para los niños.
Nuestra siguiente etapa es Dinan, uno de los enclaves medievales más bonitos de Bretaña. Para conocerla con detenimiento hace falta un buen calzado, porque tiene muchos atractivos. Como ciudad monumental destaca la basílica de Saint-Sauveur, que alberga el corazón de Bertrand du Guesclin, famoso caballero del siglo XIV que consiguió expulsar a los ingleses de la ciudad. El edificio es curioso ya que reúne varios estilos arquitectónicos. El casco antiguo es una sucesión de calles pequeñas y adoquinadas (Cordonnerie, Lainerie, Mittrie, Larderie…) que muestran sus fachadas de elegantes filigranas de madera perfectamente conservadas. Una de las calles más bonitas, Jerzual, baja hasta el puerto, desde donde se obtiene una buena vista de las murallas de Dinan, un cinturón de tres kilómetros muy bien conservado. Esas murallas y el castillo hablan por sí solos del valor estratégico, en el fondo del estuario del río Rance, que tuvo Dinan durante la Edad Media.
La oficina de turismo de Dinan, organiza visitas guiadas por la ciudad y excursiones fluviales en verano.

El día de hoy la ruta toma contacto con el litoral que tanto define la región de Bretaña. Empezamos el día dirigiéndonos al Mont Saint-Michel, frontera entre las regiones de Bretaña y Normandía. El conjunto monástico de Saint-Michel está construido sobre un islote rocoso que, con marea alta, queda prácticamente aislado. Esta es una de las imágenes turísticas más famosas de toda Francia. El acceso se realiza desde la población de Pontorson, a cuya salida un dique de dos kilómetros asegura la unión con Saint-Michel a cualquier hora del día. A la llegada, el personal del aparcamiento informa dónde conviene dejar el coche y del horario de las mareas, espectaculares en este enclave.
La abadía actual fue construida entre los siglos XI y XIII sobre una iglesia prerrománica levantada por los monjes benedictinos en el siglo X. Se llega hasta ella a pie por la Grande Rue, la única calle de la población Mont Saint-Michel. La calle está repleta de tiendas de recuerdos; cafeterías y restaurantes, ubicados en casas medievales, y tres museos dedicados a las mareas y a la historia del enclave. Tras la visita a la abadía, podemos seguir un camino de ronda que resigue las murallas con vistas espectaculares al mar.
Continuamos ruta hasta Cancale. La población delimita el oeste de la bahía del Mont-Saint-Michel, por lo que las buenas panorámicas están aseguradas. El sendero de los Aduaneros permite pasear siguiendo la línea de costa y disfrutar del poder del mar que ha hecho tan famosa Cancale. Además de mantener un casco histórico muy bonito, esta población es famosa por las ostras. En el puerto podemos improvisar un suculento aperitivo a base de estos frutos del mar en numerosos establecimientos. Y para conocer la tradición de la pesca y la producción de ostras en Cancale (el comercio de ostras fue básico en la economía de la ciudad durante mucho tiempo) puede visitarse la Ferme Marine, un museo dedicado a las ostras y al marisco situado en la ruta de la Corniche del puerto: L’Aurore. Además de la vida de la población relacionada con la ostra, en sus salas puede admirarse una colección de más de 1.500 especies de conchas.

Con el estómago satisfecho continuamos ruta hasta Saint Malo. La ciudad intramuros parece un único castillo inconquistable. Levantada sobre una isla, debe su fama a las hazañas de sus marinos y piratas. En el barrio de Saint-Servan se encuentra el Fort de la Cité, una fortaleza del siglo XVIII que fue utilizada como base militar por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. En el extremo sur, se halla el Musée International du Long Cours Cap-Hornier, que reúne objetos marinos de los barcos que atravesaron, en la antigüedad, el peligroso cabo de Hornos. En la Esplanade Félicité Lamennais del castillo se puede visitar el Musée d’histoire de la Ville. Situado dentro del castillo de St-Malo, el museo repasa la historia de la ciudad desde sus años de prosperidad –gracias a la piratería y el colonialismo- hasta sus momentos más duros, durante la ocupación nazi de la Segunda Guerra Mundial.
En la Place Jean de Châtillon se levanta la catedral Saint-Vincent, una construcción del siglo XI y XII que destaca por sus vidrieras y por su bóveda central. Otra de las visitas indispensables es el Grand Aquarium, un gran espacio circular en el que los peces pasan por encima de los visitantes, que observan desde una especie de iglú de cristal. Es uno de los acuarios más modernos de Francia.
Pero uno de los placeres de la ciudad es vagar sin rumbo y parar de vez en cuando en sus cafeterías, creperías y marisquerías. Estos establecimientos abundan en cada calle, ya que Saint-Malo es una de las ciudades más turísticas de Francia.
Asimismo, es una delicia pasear por las murallas que rodean la ciudad vieja. Recorrer todo el perímetro supone caminar aproximadamente dos kilómetros. Es un itinerario perfecto para disfrutar de las hermosas vistas del mar y de la isla de Grand-Bé, donde está enterrado el escritor del siglo XVIII François René de Chateaubriand, en una modesta tumba señalada por una simple cruz. Se puede acceder a la isla caminando cuando la marea está baja.
St-Malo es apreciada también por sus tranquilas playas, que se sitúan junto al centro urbano. Las puertas de la muralla de Bés y de St-Pierre dan a la playa de Bon Secours.
Continuamos ruta con el coche hacia el oeste. 47 kilómetros separan St Malo del cabo Fréhel, un conjunto de acantilados de arenisca rosa, que se alza sobre el mar a más de 70 metros de altitud y ofrece unas vistas maravillosas. Para llegar hasta el cabo tomamos la D-168, se pasa por Dinard y, tras atravesar Trégon, enlazamos con la D-786, una bonita carretera que lleva a la población de Fréhel, donde encontraremos las indicaciones hasta el cabo. Desde esta punta de final del mundo el paisaje es magnífico, hábitat privilegiado de gaviotas y cormoranes. Se pueden seguir los acantilados por senderos mínimos que los cruzan.

Volvemos al coche y seguimos las indicaciones del camino que lleva, desde el cabo Fréhel, al imponente Fort La Latte. Abierto de abril a septiembre, esta fortaleza al borde del mar fue construida en el siglo XII para defender la costa de ataques ingleses y francos. La visita se realiza con un guía vestido a la moda medieval.
Antes de finalizar el día, si hay tiempo, vale la pena hacer una parada en el bonito pueblo pesquero de Erquy.

La ruta de hoy se dirige hacia el oeste de Bretaña. Tras pasar Saint Brieuc, seguimos hasta Paimpol. En esta población de ambiente marinero hay una visita interesantísima: la abadía de Beauport. Fundada en el siglo XIII, fue una etapa importante en la ruta marítima a Santiago de Compostela. Hoy, sólo quedan en pie algunos de sus edificios, pero su belleza se aprecia en los claustros, la estructura de la iglesia y los jardines.
Una excursión opcional desde Paimpol es la isla de Bréhat. Desde el embarcadero Pointe de l’Arcouest (a 6 kilómetros de Paimpol), donde se deja el coche en el aparcamiento, parten barcos a la isla (15 minutos de travesía). Bréhat se recorre a pie y durante el paseo veremos el molino de Birlot, el faro de Paon, la capilla de Saint-Michel, las casas de piedra, el cementerio…, y las colinas verdes con vistas a los recovecos del mar que, según dicen los isleños, formaron a los mejores marinos de Bretaña.
De Paimpol hacia el este empieza el litoral más turístico de Bretaña (con permiso de Saint-Malo), gracias a sus playas resguardadas y a las formaciones geológicas de la costa. Tras pasar Tréguier nos desviamos al norte por la D-6 hasta Perros-Guirec, nuestra siguiente etapa. Esta población veraniega dispone de todo tipo de ofertas deportivas y de ocio: senderismo, piragua, bicicleta, vela… y de un casino de fama entre los turistas ingleses. Nosotros recomendamos, además de sus playas (Trestrignel, Trestraou y Saint Guirec), la excursión más famosa de la conocida como Costa de Granito Rosa: el Sendero de los Aduaneros (Sentier des Douaniers), que sigue el GR 34. La ruta es de ocho kilómetros ida y vuelta, pero si sólo se quiere hacer en un sentido, al final se puede coger un autobús urbano que regrese a la zona de Perros-Guirec donde hemos dejado el coche. Igualmente, hay varios aparcamientos que se acercan a puntos del sendero si no se quiere hacer de punta a punta. El recorrido completo se inicia en el extremo oeste de la playa de Trestraou y, desde allí, por un camino bien marcado, se recorre un litoral de enormes rocas erosionadas por vientos y mareas de siglos. El final es la playa de Saint Guirec, en el barrio de Ploumanach.
De vuelta al centro de la ciudad, podemos reponer fuerzas en alguno de los restaurantes especializados en platos de pescado y marisco y con vistas sobre el litoral.

El día de hoy será más relajado, de exploración de la región de Finistère, la costa más escarpada y salvaje de Bretaña. La península de Crozon es un hermoso paraje, perfecto para disfrutar de la naturaleza en todas sus formas (senderismo, barco, bicicleta…). Nosotros nos dirigimos al cabo de la Chèvre (desde la localidad de Crozon, al sur por la D-255) para contemplar las vistas espectaculares al mar. En Morgat, podemos dejar el coche y darnos un baño en su playa; al estar resguardada, es una de las mejores de la península para disfrutarla con los niños. Además, en la localidad de Morgat hay empresas que ofrecen recorridos en barco por las hermosas grutas multicolores y los acantilados de la zona.
En la punta más occidental de la península, se halla Camaret-sur-Mer. Antiguamente era un punto estratégico para la defensa del territorio y por ello sufrió numerosos ataques de los ingleses y los españoles. De aquella época tan sólo queda el castillo de Vauban. Amurallado y rodeado por un foso, fue construido en 1689 y, junto a la capilla de Nôtre-Dame-de-Rocamadour, es el monumento más interesante de la localidad.
En el pueblo de Landévennec (a 16 kilómetros hacia el este de Crozon) se encuentran las ruinas de la abadía benedictina de St-Guenolé, la más antigua de Bretaña. Del edificio original, erigido en un claro del bosque, aproximadamente en el 485 d.C., hoy sólo queda la planta. En la nueva abadía, los monjes tienen una tienda donde venden una de las mejores confituras de la zona y otros productos de elaboración casera.
De Crozon nos dirigimos a la punta de Raz, cuyo faro es uno de los más fotografiados de Bretaña y desde donde también se obtienen vistas magníficas del océano. Tras cargarnos de energía y hacer nuestras fotos, y proseguir ruta hasta Quimper. La población, antigua capital del reino de Cornouaille, es hoy un centro de intensa vida artística y cultural, por lo que vale la pena consultar la web de la ciudad para ver qué conciertos, espectáculos y exposiciones tendrán lugar durante nuestra estancia. El centro medieval de Quimper está plagado de cafés y pubs donde puede escucharse música celta. Entre sus monumentos destaca la catedral de St-Corentin, una de las mayores representaciones de arte gótico de la región. Enfrente está el Museo de Bellas Artes, que reúne importantes obras del siglo XIV al XX. El edificio que alberga el museo es un hermoso palacio italiano que también merece ser admirado.
Durante los meses de verano otra actividad que puede hacerse en Quimper es navegar por el río Odet. A la altura de la ciudad, el cauce del río se tranquiliza hasta crear algunos de los parajes más bucólicos de la región. Es posible alquilar embarcaciones para la excursión fluvial o marítima; la Oficina de Turismo facilita los contactos.

Entre las casas de piedra y entramados de madera del barrio antiguo encontraremos numerosas creperías.

Proseguimos la ruta en coche rumbo a Carnac, para visitar uno de los más importantes yacimientos megalíticos del mundo. El conjunto consiste en miles de menhires distribuidos linealmente, así como numerosos dólmenes y túmulos prehistóricos desde hace unos 7.000 años. Los tres yacimientos que conforman el sitio arqueológico se encuentran en las afueras, siguiendo la carretera D-196. Tras la visita podemos parar en Carnac pueblo para visitar el Museo de la Prehistoria, una buena oportunidad para conocer la vida en el neolítico (arquitectura, ritos funerarios…).
De Carnac a Vannes, por un recorrido de 32 kilómetros. Vannes conserva su fisonomía medieval y su tradición marinera. Antiguamente amurallada, podemos ver algún tramo de las murallas entre la puerta de Saint-Vincent, en el límite sur, y la puerta Prison, en el norte. Entre las calles típicas de madera del casco antiguo sobresale la catedral, en la siempre animada plaza de Henri IV. El edificio destaca por su imponente altar, por sus hermosas vidrieras y por contener el dedo disecado de Pierre Rogue, el santo que fue guillotinado en 1796, durante la Revolución Francesa. Alrededor de este templo se encuentran muchas de las callejuelas más hermosas del barrio. Cerca de la catedral se halla el Musée de la, que alberga el Museo de Bellas Artes; sus salas atesoran una completa colección de pintura en la que destacan La Crucifixión, de Delacroix, así como obras de otros pintores de los siglos XIX y XX como Coeructo, Monet y Goya.
Enfrente del Parque de Exposiciones de Vannes, se halla el Acuario, el cual presume de poseer la colección de peces tropicales más completa de Europa.

Desde Vannes podremos aprovechar para explorar las islas del golfo de Morbihan. Aunque algunas de las más pequeñas han sido compradas por estrellas de cine, puede navegarse por sus alrededores o visitar las mayores, como la de Moines y Arz. Diferentes empresas tienen transbordadores a las islas y organizan excursiones por el golfo. La ruta puede incluir la comida a bordo. Desde Vannes también puede contratarse el trayecto a la Belle-Île, magnífica isla, que destaca por las agrestes formaciones rocosas que rodean toda su costa. Su principal ciudad, Le Palais, se encuentra en la parte oriental. En verano, Belle Île se llena de turistas que buscan días de playa y sol. Los surfistas vienen atraídos por las olas de la playa del puerto de Donnant.
El lugar más impresionante del salvaje litoral de Belle-Île es la gruta de l’Apothicairerie, constantemente castigada por las olas. Se puede acceder a ella descendiendo por una escalera tallada en la roca, pero extreme las precauciones ya que cada año varias personas sufren accidentes aquí.
Una transbordador de vuelta nos dejará en Quiberon.

Termina así nuestro recorrido por esta mágica región de Bretaña, en Francia, tocada por la leyenda artúrica.

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