El enoturismo es experiencia sensorial y física, una práctica cada vez más demandada entre los viajeros. Cataluña posee doce denominaciones de origen repartidas por todo el territorio y otoño es una época excelente para realizar una ruta en coche y poder visitar alguna de ellas, deleitarse con sus paisajes y saborear el elixir de las uvas. El campo huele a vendimia y las hojas de los viñedos de las variedades tintas, han empezado a tomar el color ocre. Las bodegas están en su máxima actividad y su visita se convierte en una fuente de experiencias.

 



Los vinos son el producto de la conjugación de una serie de factores. Además de la variedad empleada, la tierra y el clima tienen mucho que ver en el producto final. Cataluña posee una orografía bien variada y el viñedo forma parte del paisaje. Buena prueba de ello es el Penedès, paisajes ondulados mecidos por la suave brisa que tienen las montañas de Montserrat como telón de fondo. Muy cerca, rodeado de viñedos, el monasterio de Poblet, ha sido calificado como Patrimonio de la Humanidad.

 



En el Priorat, acércate a la cartuja de Escaladei y descubrirás porque los monjes escogieron este lugar para plantar los primeros viñedos. Desde aquél entonces, los cultivos en terrazas y los suelos de pizarra proporcionan unos caldos apreciados en medio mundo. Accede a una bodega y disfruta de las sensaciones del mejor vino.

 



Paladeando los vinos descubriremos el paisaje y viceversa. Visitar alguna de las bodegas es adentrarse en un mundo donde se mezclan sabor y arquitectura. A principios del siglo pasado, los arquitectos modernistas empezaron a levantar bodegas cooperativas que, por su monumentalidad, han adquirido el sobrenombre de “catedrales del vino”. La mayoría se encuentran en las D.O. Conca de Barberà, Montsant y Terra Alta. Adentrarse en su interior, en el bosque de arcos parabólicos realizados con ladrillo, es comprender el porque de este sobrenombre. En coche podemos seguir una ruta para no perderse ninguno de estos templos vinícolas.

 



Algunas bodegas han incorporado restaurante, alojamiento y tratamientos de vinoterapia a sus instalaciones. Experiencias únicas en las que, además de las visitas, pasear entre viñedos a pie, en bicicleta, carro o segway, conjuntamente con la gastronomía maridada, nos harán sumergir en los placeres del cuerpo por fuera y por dentro.

 



Si el vino fue importante para griegos y romanos, también lo fue el aceite que forma parte de la triada con la que se define la dieta mediterránea. Probablemente estos pueblos fueron los primeros en plantar olivos en Cataluña y, por lo tanto, algunos árboles son milenarios. Esto es lo que sucede en el Fondo de Arión en Ulldecona, muy cerca del delta del Ebro, donde una ruta permite descubrir y abrazar 35 ejemplares de lo que podríamos considerar “esculturas vivientes”. El aceite que se extrae de ellos es de una calidad suprema, pero también lo es el de las cinco DOP que hay actualmente en Cataluña. El pueblecito de Siurana, elevado encima de un risco, da nombre a una de ellas. Por lo inaccesible del lugar fue el último bastión árabe en caer en manos cristianas. Cuenta la leyenda que, la reina mora con su corcel blanco, prefirió arrojarse al vacío antes de verse violentada por los conquistadores. Además de disfrutar de las vistas de las sierras de Prades y del Montsant, podemos buscar en la roca la huella que dejó el caballo al saltar al precipicio.

 



Para terminar, los paisajes del Delta del Ebro nos aportan la tranquilidad de sus horizontes infinitos y espejismos. Saborear unas ostras o mejillones en una batea, acompañados de una copa de cava, será la mejor despedida.

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